La contratapa de Diario de una mudanza de Inés Garland (Penguin Random House, 2024) promete un foco sobre la menopausia. Pero esta es el hito inicial de una serie de momentos a veces reflexivos, otras, directamente confesionales. Los cambios hormonales que imponen cambios físicos y emocionales son parte de la vida y aun así descolocan. Abren una vida distinta a la que hay que acomodarse como se acomoda el cuerpo a un vestido nuevo. Y en esa vida distinta se impone también una retrospección, una revisión de aquella mujer que se fue una vez y de la que hoy tal vez queda poco. Y, sin embargo, ella sigue ahí, de alguna manera.
En este diario, la autora nos revela momentos de la relación con la hija adolescente, de la búsqueda del amor esquivo, probándose en distintos hombres, y constata cómo a los sesenta y pocos sigue creyendo en el ideal del amor romántico. En el medio, siempre el cuerpo. Un cuerpo de mujer que tiene su lógica, un ciclo propio que incide en el deseo, que desacomoda y vuelve a acomodar, que pincha como diciendo “¡Ey! No soy un mero envase”. Es un cuerpo que choca —y no por primera vez— con los mandatos de belleza, que sigue sintiendo y anhela el encuentro con un hombre que también pueda despojarse de la opresión. El espejo acecha. Devuelve otra imagen, una que confronta con la construida en la mente y con la mujer de un pasado ahora lejano, la que podía verse en fotografías. Si nunca se aceptó el propio cuerpo por inadecuado frente a los cánones dominantes, ¿queda lugar todavía para el encuentro amoroso con una misma, con los otros?
Ahora, cuando está cambiando la piel hacia otra definitivamente menos rozagante, Garland plantea un desnudo. Un momento sin igual. Porque lejos de la juventud, de su frenesí inconsciente y del furor de la libertad y del sentir que todo —absolutamente todo— es posible, lejos de aquella chica está la Inés que lucha por su serenidad (siempre luchó) y por la autoaceptación. Lejos de asomarse a ese precipicio que podría ser la vejez, Garland, en cambio, se sabe en medio de un viaje en el que ganó algunas certidumbres sobre lo importante, una incipiente amistad con las inseguridades antiguas y el goce único de saberse viva, por sobre todas las cosas.